domingo, 24 de junio de 2012

HÁGASE TU VOLUNTAD, ASÍ EN LA TIERRA COMO EN EL CIELO



HÁGASE TU VOLUNTAD, ASÍ EN LA TIERRA COMO EN EL CIELO

La Voluntad de Dios para nosotros siempre es el bien. 

Que se cumpla la “Voluntad de Dios” en la tierra significa que se manifieste en el plano físico: nuestros trabajos, hogares, el cuerpo y todo lo externo. 

Cuando en el Padre Nuestro dice “el Cielo”, se refiere a un estado de conciencia interno de completa felicidad y perfección, que es nuestro verdadero hogar espiritual. 

Todos tenemos derecho a vivir en el Cielo.
Esta frase del Padre Nuestro se corresponde con el Plano Búddhico, que es un Plano Superior de la Divinidad donde todas las conciencias se vuelven una; aquí no existen limitaciones ni separatividad. Somos uno con Dios. Nuestra conciencia individual es una con toda la humanidad. Todos los seres humanos nos vemos y sentimos una unidad. Es un Plano de suprema sabiduría, y como la misma palabra lo dice, “Buddhico” proviene del término “Buddhi”, que quiere decir Iluminación. Dar una descripción de este plano de tan alta vibración es casi imposible.
La Voluntad de Dios para nosotros solamente es el Bien, el “Plan Divino de Perfección”, el “Concepto Inmaculado”; jamás es el sufrimiento, la desgracia, la enfermedad, la pobreza, el no tener. 

Esas negatividades no son castigo de Dios; son la devolución del mal que hemos generado por Ley de Karma. 

Así que pedir que se haga la Voluntad de Dios es vivir en perfección y requiere la rendición de nuestra voluntad humana, que es la entrega del “libre albedrío” a la “Voluntad de Dios”, haciendo únicamente lo que Dios nos enseña, por medio del cumplimiento de los Siete Principios Universales  y los Siete Aspectos de Dios.

Esta entrega de la voluntad personal para permitir el fluir de la Divinidad, requiere del vacío del “yo inferior”, que se vuelva una “nonada”, para que pueda existir la totalidad de lo Divino. 

Aceptar la “Voluntad de Dios” es el final de la voluntad personal, dejar de estar llevando las riendas de la vida y entregárselo todo a Dios. 

De ahora en adelante, nos vamos a quedar en el silencio de reclamos y requerimientos del pequeño “yo”; invocaremos la  “Voluntad  Divina” y haremos silencio. 

Cuando Jesús estaba en su Crucificción y la barahúnda del mundo le gritaba, Él, desde la cruz, hacía silencio y entrega de su Voluntad a Dios. 

El Plan Divino es que el Reino de Dios se establezca en la Tierra, en el mundo de las apariencias físicas.


Del libro: “PADRE NUESTRO” METAFÍSICA; de Rubén Cedeño; pag. 29/30. –Edic. Conj.: EDITORIAL MANIFESTACIÓN & EDITORIAL SEÑORA PORTEÑA.

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